Como loca, subía y bajaba. Se sentía diferente, rara, plena y feliz. En el momento del clímax, no imaginaba que pudiese sentir tanto con tan poco.
Y este último pensamiento le hizo sacar una sonrisa en su rostro.
Soy fácil de querer y difícil de aguantar. Escribo lo que siento, río en el gentío y digo lo que pienso. Soy perseguidora de sueños.
Se encontraba enfrente de mí. Lo único que nos separaba era el mostrador de aquella tienducha de tres al cuarto. Estábamos solos y no parábamos de mirarnos. Como si hubiese un botón en nuestro interior, empezamos a agitar nuestras respiraciones. Él saltó por encima de la barra de madera como cual película de tiroteo y me agarró por la cintura. Me miró una vez más y me besó impacientemente. Nos devorábamos como si no nos hubiésemos visto en décadas. Y casi era así. No lo conocía de nada, solo de verlo comprar allí. Aquel muchacho moreno de ojos castaños recorría mi lengua con la suya como queriendo poseerla. Me acariciaba la espalda y tocaba la cadera. Se sentó en la silla, que la usaba tanto de escondite como de descanso y me hizo ponerme a horcajadas, encima de él. Me acariciaba con urgencia los omoplatos por debajo de la camiseta y yo le devoraba la boca agarrándole fuerte del pelo, haciendo que su cabeza fuese hacia atrás.
Solo quería que me poseyera ahí mismo, que me quitara la ropa y me hiciese suya una y otra vez. Los besos fieros y ansiosos, estaban a la orden del día de la desesperación por calmar nuestra hambre el uno del otro.
Demasiados jadeos que fueron ahogados por los motores de los coches que pasaban por la calle. Él me apartó por un momento, mirándole sin entender que era lo que pretendía. Se dirigió hacia la puerta y candó. Bajó la pequeña persiana que era la que conseguía que no se viera por aquel cristal. Vino hacia mí con cara de lujuria, observando como sus labios rojos e hinchados hacían una mueca de sonrisa torcida. Suspiré y me apretó con fuerza de la muñeca, arrastrándome hacia el almacén. Me empotró contra la pared y los besos siguieron como si no hubiesen sido interrumpidos. Un deseo demasiado grande se quedó en mi pecho, consiguiendo que me asustase un poco y pidiendo más a la vez. No sabía qué era lo que me podía saciar aquella sensación de desaliento por querer tenerle más de lo que ya le tenía.
Se deshizo de mi camiseta en un soplido. Me miró un instante y volvió a besarme con la misma necesidad que yo sentía. Nunca había sentido esta dependencia por nadie, y menos por un desconocido. Sus labios apetecibles me incitaban a adentrarme en su boca una y otra, sin poder parar. Me mordía el labio inferior y luego el superior. Me agarró del cuello y profundizó aquel beso que me hizo perder la cordura. Se rompió por quitarle la camiseta, casi rasgándola y haciéndola girones. Los pantalones volaron por la pequeña estancia polvorienta. Las piernas me las colocó en sus caderas y se bajó los calzoncillos. Miró hacia abajo, y con una sonrisa, entró en mí. Sujetada por una pequeña barra de metal oxidada, no paramos de besarnos. Era algo adicto entre nosotros. No podíamos parar.
Los gemidos se intensificaban a la vez que nuestras ganas de llegar al borde del placer más alto. Unos minutos más, terminamos extasiados de la gran ola de deseo y placer que nos inundó. Nos colocamos los pantalones en su sitio. Él se puso la camiseta más rápido y yo andaba buscando la mía. Me agarró de la cara, me besó tiernamente y me metió algo en el bolsillo trasero del pantalón. Él se marchó hasta la salida. Salí del almacén para despedirme con la mirada. Saqué aquel papel de su guarida y observé que era una tarjeta.
“Mario– Comercial: 621841366”
Soy fácil de querer y difícil de aguantar. Escribo lo que siento, río en el gentío y digo lo que pienso. Soy perseguidora de sueños.
Todo lo que una mesa puede contener, se fue al suelo con un arrastre de aquel caballero con ojos lujuriosos. Aunque más que un caballero, tendría que decir mi amo, mi jefe, mi Rey. El Rey de todos los ciudadanos de este país.
Yo era una mísera plebeya y criada de aquel reino. Y el Rey, que Asier se llamaba, no debería de mezclarse con gente tan indigna en su vida.
En el momento que mi trasero tocó la madera, pude notar en mi estómago un cosquilleo de felicidad. Por su parte, me desabotonó con frenesí y brutalidad el corpiño del vestido. Mis pechos quedaron al descubierto y su semblante era como la de un niño que encuentra unas piruletas en el altillo de la cocina. Deleitándose en ambas a su debido tiempo, se apresuró a devorarlas con prisas. Degustándolas del mismo modo que si fuese un manjar. Mi cabeza quedó suspendida en el aire, mirando al techo con los ojos cerrados. La única sujeción eran mis brazos, que no tardarían mucho en flojear por el placer que él me otorgaba.
Desnuda en parte, me despojó de la falda de un tirón; cayéndose al suelo. Acariciándome desde la cadera hasta el muslo, pasando por la rodilla y subiendo hasta la pelvis, no dejaba de mirarme con aquellos ojos azules. Notaba una llama de fuego entre ellos, los cuales, me dieron una descarga eléctrica por todo el cuerpo. Me arrancó el único ropaje interior que poseía en ese momento y quedé desnuda ante sus ojos. Otra descarga me invadió. Me hizo tumbar en aquella mesa de una sala que nadie pisaba. Solo se usaba para reuniones, pero desde que Asier estaba al mando, todo lo hacía por correspondencia; así que es como si estuviese abandonado.
Noté la diferente temperatura de mi cuerpo al objeto que usábamos como soporte. Se puso encima de mí, casi cortándome la respiración; pues podría decir que era un peso muerto, e inhaló profundamente en mi oreja. Y sin avisar, se adentró en mí de un movimiento. Su cuerpo se tensó y se movió a un ritmo normal. Solo se escuchaba nuestros gemidos. Mientras yo intensificaba la respiración, él aceleraba el movimiento.
- ¡Quiero que sientas lo que te hago!- pronunció con una voz sombría- ¡Que solo sepas que puedo hacer contigo lo que me de la gana sin tú rechistar!
Mi respuesta solo fue un gemido detrás de otro. Su dominante personalidad, era la causante de mis sueños. Deseaba que hiciera conmigo lo que quisiese y yo me dejaría hacer. Me encantaba ser dominada por él.
- ¡Nadie te hará sentir lo que yo te haré sentir hoy!- susurró-. ¡Nadie! ¡Serás mi puta hasta que yo lo considere necesario! ¡Ahora, quiero follarte hasta que pierdas el sentido y no te acuerdes de tu nombre!
Al terminar, se quitó de encima; pudiendo respirar mejor y me dio la vuelta bruscamente. Me extendió los brazos hasta el final de la mesa y me amarró con una mano. La otra me obligó a abrir más las piernas.
- ¡Quédate así hasta que yo te lo ordene! – con esa voz firme y decidida, solo pude quedarme quieta y que mis pezones se endurecieran. A los pocos segundos volvió y me ató con una cuerda las muñecas, se quitó el cinturón y me lo restregó por mi intimidad.
Solté un grito ahogado por el cambio de temperatura. El frescor me fue placentero y yo solo quería que no parara. Me puso aquella corea alrededor de mis pechos y lo ajustó a la medida que él creyese conveniente. Se agarró con fuerza de la hebilla y me penetró con dureza. Chillé entre el dolor y el placer que sentía. Nunca me había hecho algo así por atrás. Era una experiencia y sensación nueva.
Aun con la correa y las muñecas atadas, me llevo hasta la pata de la mesa y me ató con aquella extremidad del objeto con el cinturón.
Se dio impulso agarrando donde estaba atada y se adentró en mi como alguien fuera de si. Me apretó los pezones y no paraba de apretar más el cinturón. Casi no sentía las manos, pero el placer era más inmenso que todo el dolor. Me sentía algo humillada y dominada, justo lo que yo quería y había ansiado desde hace mucho tiempo.
Con su mandíbula tensa, me percaté que estaba apunto de llegar al clímax, y en esos momentos, a mí me tenía sin cuidado que me escucharan en la corte o donde fuese. Chillé de una manera descomunal.
Y era cierto, que esa vez fui follada de una manera totalmente diferente a lo que me habían hecho. No sé si fue porque era él, la forma, las maneras, el lugar… pero por un momento me olvidé de mi nombre, de los hombres con los que habían estado conmigo y de todo… menos de sus ojos lujuriosos muriéndose de placer.
Soy fácil de querer y difícil de aguantar. Escribo lo que siento, río en el gentío y digo lo que pienso. Soy perseguidora de sueños.
Soy fácil de querer y difícil de aguantar. Escribo lo que siento, río en el gentío y digo lo que pienso. Soy perseguidora de sueños.

Era una sensación extraña. Por unos días, creía que todo se derrumbaba. Que el pilar más grande de mi vida se hundía, se desmoronaba e incluso desaparecía. La razón por la cual existo, es gracias a ella. Tiene todo lo que necesito, y lo que no tengo.
Pensaba que no encontraría a nadie que me quisiera, pero ella traspasa la barrera de lo común. Acepta lo que soy y consigue que sea yo mismo. Si me falla, yo me pierdo.
Le notaba fría, distante y seca. Me preocupé por su estado, pero no era nada. Ahora y siempre, quiero disfrutar de su presencia.
****
Tenía la necesidad de amar sobre todas las cosas. El error que cometí hace días no me sentaba realmente bien. Sentía el impulso de arreglar lo que podría estar ya roto. Antes de dar todo por perdido, decidí terminar con todo y empezar de nuevo.
Le cerré en una habitación. En la suya, en nuestro mundo. Candé y apagué la luz. Estuve bailando a merced de la noche mientras escuchaba su voz. La notaba más sexy que de costumbre.
He decidido amar, y le he elegido a él.
Comencé a quitarme la ropa poco a poco. En el ambiente se notaba la subida de la temperatura. Hacía más calor y yo estaba más feliz.
Me acerqué hasta la cama y le quité la ropa. Estuve acariciándole por encima hasta ponerle a tono. Nos recorrimos con las manos y jadeamos. Nuestros cuerpos quemaban por cada roce. Nos besábamos, disfrutábamos de nosotros; nuestra piel.
Nos entregamos con el alma y mi corazón quedó perdonado. Sin remordimientos, sin culpabilidad. Y solo quería rectificar.
En ese momento, justo cuando íbamos a culminar juntando los sudores, los jadeos, las respiraciones, la fricción del pecho y los pensamientos; creí que era momento de rectificar, perdonarme y seguir en el camino correcto.
No basta con hacer el amor, sino que es importante que esa persona signifique algo para ti. A mí me importa él, pues su sonrisa es el gesto suficiente para que yo lo sea durante un pequeño periodo de tiempo como la eternidad. Y cuando veo sus ojos brillantes, sé que es la luz que se interpone entre la oscuridad y mi camino.
Soy fácil de querer y difícil de aguantar. Escribo lo que siento, río en el gentío y digo lo que pienso. Soy perseguidora de sueños.

Me sentía satisfactoriamente emocionado. Sabía que tenía pareja y hacerla mía me daba mucho más placer del necesario. ¿O no? Por las noches deseaba su boca contra la mía; suspirando. Su cuerpo rozándose con el mío; friccionando. Y que las caricias tuvieran kilómetros de distancia con sus ganas de parar esta locura. Si pensase esto fríamente, diría que es de locos. Pero no puedo. Ella tiene fuerza sobre mí. No sabemos si tenemos imanes en las manos o huimos de la realidad. Estando juntos nos sentimos a gusto. O eso creo…
Se situaba a mi lado, tumbada y dormida. Parecía inquieta. Me encantaba observarla descansar, viendo como su pecho se agitaba al vaivén del ritmo de su corazón. ¡Su corazón…! Como deseaba escuchar lo que decía o pensaba. La intentaba amar como bien sabía y me dejaba. Le acaricié la mejilla con miedo de despertarla. Le besé delicadamente en sus dulces y carnosos labios y la mente en blanco por un instante. Mi mano se posó en su pecho. Quieta, respiraba con ella. Bajé mi mano hasta su abdomen. Me perdí en el pendiente que tenía en el ombligo. Suspiré. Me volvía completamente loco, y más juguetear con su pendiente mientras despegaba su lunar a mordiscos. Esta vez besé aquella mancha rebelde y deslicé un poco más mi mano. Se posó en su entrepierna. Le acaricié con cuidado. Hacia arriba y abajo, masturbándola. Noté sus braguitas empapándose poco a poco. Perdía los papeles excitándola en sueños. Mi miembro ya estaba listo para que su boca lo recibiera con un abrazo húmedo. Al imaginármelo, manché mi ropa interior. Seguí acariciándola despacio, pese a que mi instinto me gritaba que le cogiera y le hiciera mía con violencia, brusquedad y agonía por demostrarle lo que ella me hacía sentir. Apreté su zona más sensible un poco más. Soltó un grito ahogado. Estaba jadeando con los ojos cerrados. Se había despertado y se había abierto para mí, para mi mano y lo que llegara. Acorté los pocos milímetros y acaricié mejor su cavidad. Le aparté su ropa interior completamente mojada y me adentré a juguetear un poco más con mi lengua.
****
Hacía sol. Correteaba por un campo lleno de trigo, sonriendo. Miraba hacia atrás y ahí estaba él. Sonriéndome con aquella maravillosa sensación de que no existía nada más que nosotros. Me dio alcance y nos tiramos en aquel trigal que nos traspasaba las cabezas. Esta vez me sentía mucho mejor por dentro. Ya no era la niña consentida que se lamentaba por disfrutar con otro hombre que no era su pareja, el amor de su vida… Nos besamos, nos buscamos y reímos. No parecíamos los mismos. En un reflejo, creí ver a otra persona y me quedé pensativa. Tenía esa sensación de que no estamos seguros de que es un sueño o una realidad y no sabemos qué hacer. De pronto, él me acaricia con urgencia. Me acaricia el abdomen y va hasta mi entrepierna.
Un suspiro y una ola de calor. Vuelve hacer presión entre su dedo y mi intimidad. Otra descarga eléctrica. Me noté húmeda. Le miro y por un momento creo que es aquel chico que entregué ese cuerpo. Aquel cuerpo al que debería pertenecerle junto al que tiene mi corazón. Pero ya no estoy tan segura de eso.
Inconscientemente estaba abierta para él. De vez en cuando notaba que me despertaba y veía que era aquel ser, pero me dormí de nuevo; soñando que era él. Y ahí, me dejé llevar. Me apartó la ropa interior ya empapada y se adentró con su boca. No paraba de moverme, de gemir, jadear, suspirar, suplicar, sudar, agarrar las sábanas… o los trigos.
****
No podía más. Le arranqué aquellas braguitas de encaje blanco y me bajé los pantalones. Era una sensación muy extraña y muy provocativa. Me puse encima de ella y sin parar de acariciarle su botón, me adentré en ella de forma decidida y delicada. Luego intensificaba el ritmo, y no podía frenar. Le levanté las caderas y le di una, y otra y otra vez. Verla tan dormida, tan jadeante, sudando, desnuda ante mi e inofensiva me excitaba aún más. Sentía que me venía y me daba igual dentro de ella. Sería más romántico, una sensación única e indescriptible. Y así fue. Sentí un amor más allá de la barrera, y mi miembro explotó de placer y de éxtasis.
Soy fácil de querer y difícil de aguantar. Escribo lo que siento, río en el gentío y digo lo que pienso. Soy perseguidora de sueños.

Escuchaba su respiración en mi oreja. Mientras me acariciaba el pelo con gran ternura, yo le restregaba mis manos por su espalda. Me sentía como una persona sucia, y por un momento me reconcomía el remordimiento; pero nadie me podía frenar. Me besó en los labios disimulando amor entre nosotros. Me abrazaba y yo no tenía fuerzas para juntar los brazos.
Me estaba entregando en cuerpo a este muchacho en lo que pensaba en el chico que entregué en su momento mi corazón. Me encontraba confusa y como una niña pequeña que no estaba segura de lo que quería en la vida.
Empezó a tocarme el muslo y yo suspiré. Me estaba cerciorando si era una atracción sexual o, por el contrario, una duda de chica caprichosa. Lo deseaba, sí. No eran esas caricias a las que estaba acostumbrada. Ni los jadeos con la misma intensidad. Estaba claro que me hacía disfrutar, pero pedía con todas mis ganas que lo consiguiese la persona que amaba.
Ahora comenzaba a bajar por mis piernas aquellas manos robustas y con gran agilidad. Recorría mis labios con su lengua, consiguiendo estremecerme de total repugnancia.
Lo miré a los ojos por un momento y me sonrió. Ese gesto era suficiente para disfrazar mi mentira en un enamoramiento fatídico. Le agarré del pelo y le devoré la boca. Seguía tocando mi entrepierna y jadeaba en su boca. Esa mirada seguía en mi mente, intentando que no desapareciera para seguir con mi papel, para seguir con fuerzas y quedar bien delante de él. Nos quedamos sentados, yo encima de sus piernas. Aquel joven me agarraba de la cintura y hacia fuerza para penetrarme aún más. Apoyé mis manos en el colchón, doblando la espalda y mirando hacia la pared de enfrente con la vista al revés. Empujaba en su dirección y movía mis caderas para hacer una fricción más precisa y estimulante.
El calor se intensificaba y el fuego ascendía de manera incontrolable. Cada vez disfrutábamos más y el ritmo de nuestros corazones hacía compás con nuestras respiraciones. Llegando al éxtasis confesé en mis pensamientos el amor que sentía por mi pareja. Y no era el que estaba entre mis piernas.
Soy fácil de querer y difícil de aguantar. Escribo lo que siento, río en el gentío y digo lo que pienso. Soy perseguidora de sueños.
Soy fácil de querer y difícil de aguantar. Escribo lo que siento, río en el gentío y digo lo que pienso. Soy perseguidora de sueños.

Soy fácil de querer y difícil de aguantar. Escribo lo que siento, río en el gentío y digo lo que pienso. Soy perseguidora de sueños.
Soy fácil de querer y difícil de aguantar. Escribo lo que siento, río en el gentío y digo lo que pienso. Soy perseguidora de sueños.

Soy fácil de querer y difícil de aguantar. Escribo lo que siento, río en el gentío y digo lo que pienso. Soy perseguidora de sueños.