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viernes, 28 de septiembre de 2012

EXÓTICO


La noche encapotaba la ciudad. El techo gris del coche era lo único romántico que podía ver del cielo en ese momento. La compañía escaseaba y el ambiente era frío y taciturno. Ella esperaba impaciente a que él llegase. Le observaba a lo lejos, entre las sombras de los árboles que se escondían en la oscuridad…


Entró en el coche con paso calmado, cerró la puerta y se quedó observando a la muchacha que estaba a su lado. Ella igual. Se sonrieron.


Él se acercó a su rostro y le acarició suavemente los labios con los suyos. Le apetecía mucho más que un solo beso. Le agarró de la cintura, arrimándola lo máximo posible. El calor se palpaba en el aire. La temperatura subía poco a poco en décimas de segundo. Era un cambio drástico, como un animal exótico. El sofoco no era de ese lugar, pero si pertenecía a ese momento clave.

Ella en un impulso, se subió a las piernas de él; dejando a su espalda la luna frontal del vehículo. Clavándose la palanca de cambios en la rodilla izquierda y con el posa brazos de la puerta en la derecha, le sujetó fuerte del pelo y dejó caer su cabeza en el asiento. Él gruñó y suspiró. Se enterró en el cuello de la joven y aspiró su aroma. Con una mano, le rodeó fuerte de la cintura, y con la otra; la metió dentro del pantalón. Mientras seguían besándose, acarició el clítoris de forma circular y de manera lenta. El ritmo cambió a un movimiento más rápido de un lado a otro. La chica respiraba entrecortadamente, mirando a ese techo gris que antes no le decía nada y que ahora era posible ver las estrellas hasta con los ojos cerrados. Movía la pelvis descontroladamente, lo que hacia el gesto del joven mucho más placentero.

En uno de esos movimientos, el muchacho introdujo dos dedos en el interior de ella. Se sentía tan caliente, tan palpitante que podría acabar ahí mismo.
Como loca, subía y bajaba. Se sentía diferente, rara, plena y feliz. En el momento del clímax, no imaginaba que pudiese sentir tanto con tan poco.

 <<Lo exótico, lo que está fuera de su lugar;  es lo más maravilloso que puede existir>>.
Y este último pensamiento le hizo sacar una sonrisa en su rostro.
¡Nos leemos!
¡Gracias por venir!

martes, 7 de febrero de 2012

La tienda...

Se encontraba enfrente de mí. Lo único que nos separaba era el mostrador de aquella tienducha de tres al cuarto. Estábamos solos y no parábamos de mirarnos. Como si hubiese un botón en nuestro interior, empezamos a agitar nuestras respiraciones. Él saltó por encima de la barra de madera como cual película de tiroteo y me agarró por la cintura. Me miró una vez más y me besó impacientemente. Nos devorábamos como si no nos hubiésemos visto en décadas. Y casi era así. No lo conocía de nada, solo de verlo comprar allí. Aquel muchacho moreno de ojos castaños recorría mi lengua con la suya como queriendo poseerla. Me acariciaba la espalda y tocaba la cadera. Se sentó en la silla, que la usaba tanto de escondite como de descanso y me hizo ponerme a horcajadas, encima de él. Me acariciaba con urgencia los omoplatos por debajo de la camiseta y yo le devoraba la boca agarrándole fuerte del pelo, haciendo que su cabeza fuese hacia atrás.

Solo quería que me poseyera ahí mismo, que me quitara la ropa y me hiciese suya una y otra vez. Los besos fieros y ansiosos, estaban a la orden del día de la desesperación por calmar nuestra hambre el uno del otro.

Demasiados jadeos que fueron ahogados por los motores de los coches que pasaban por la calle. Él me apartó por un momento, mirándole sin entender que era lo que pretendía. Se dirigió hacia la puerta y candó. Bajó la pequeña persiana que era la que conseguía que no se viera por aquel cristal. Vino hacia mí con cara de lujuria, observando como sus labios rojos e hinchados hacían una mueca de sonrisa torcida. Suspiré y me apretó con fuerza de la muñeca, arrastrándome hacia el almacén. Me empotró contra la pared y los besos siguieron como si no hubiesen sido interrumpidos. Un deseo demasiado grande se quedó en mi pecho, consiguiendo que me asustase un poco y pidiendo más a la vez. No sabía qué era lo que me podía saciar aquella sensación de desaliento por querer tenerle más de lo que ya le tenía.

Se deshizo de mi camiseta en un soplido. Me miró un instante y volvió a besarme con la misma necesidad que yo sentía. Nunca había sentido esta dependencia por nadie, y menos por un desconocido. Sus labios apetecibles me incitaban a adentrarme en su boca una y otra, sin poder parar. Me mordía el labio inferior y luego el superior. Me agarró del cuello y profundizó aquel beso que me hizo perder la cordura. Se rompió por quitarle la camiseta, casi rasgándola y haciéndola girones. Los pantalones volaron por la pequeña estancia polvorienta. Las piernas me las colocó en sus caderas y se bajó los calzoncillos. Miró hacia abajo, y con una sonrisa, entró en mí. Sujetada por una pequeña barra de metal oxidada, no paramos de besarnos. Era algo adicto entre nosotros. No podíamos parar.

Los gemidos se intensificaban a la vez que nuestras ganas de llegar al borde del placer más alto. Unos minutos más, terminamos extasiados de la gran ola de deseo y placer que nos inundó. Nos colocamos los pantalones en su sitio. Él se puso la camiseta más rápido y yo andaba buscando la mía. Me agarró de la cara, me besó tiernamente y me metió algo en el bolsillo trasero del pantalón. Él se marchó hasta la salida. Salí del almacén para despedirme con la mirada. Saqué aquel papel de su guarida y observé que era una tarjeta.

“Mario– Comercial: 621841366”

¡Nos leemos!
¡Gracias por venir!

lunes, 23 de enero de 2012

El Rey Dominium...

Todo lo que una mesa puede contener, se fue al suelo con un arrastre de aquel caballero con ojos lujuriosos. Aunque más que un caballero, tendría que decir mi amo, mi jefe, mi Rey. El Rey de todos los ciudadanos de este país.

Yo era una mísera plebeya y criada de aquel reino. Y el Rey, que Asier se llamaba, no debería de mezclarse con gente tan indigna en su vida.

Me agarró por la cintura, y con fuerza, me arrastró hasta aquella mesa de madera donde los únicos indicios de nuestro deseo y pecado eran los platos rotos.
Desde que entré a formar parte de la realeza, me sentí atraída por este hombre que ahora devoraba mi parte derecha del cuello. Pues era, por aquel entonces, el único heredero y sustituto al trono cuando su padre muriera. Le habían detectado una grave enfermedad y le habían dado meses de vida. En aquel momento, no tenía ningún tipo de relación con aquel chico de mirada asustada. Con el tiempo, crecía en madurez gracias a las sabias palabras de su padre y los siervos.
Todos los días, cada noche, soñaba mil y una formas de estar en sus brazos. Y ahora, desde hace dos meses, mis sueños calientes se hacían realidad. Todos eran del mismo tipo, y es que por el cargo que él tenía; solo deseaba ser dominada en cuerpo y alma.

En el momento que mi trasero tocó la madera, pude notar en mi estómago un cosquilleo de felicidad. Por su parte, me desabotonó con frenesí y brutalidad el corpiño del vestido. Mis pechos quedaron al descubierto y su semblante era como la de un niño que encuentra unas piruletas en el altillo de la cocina. Deleitándose en ambas a su debido tiempo, se apresuró a devorarlas con prisas. Degustándolas del mismo modo que si fuese un manjar. Mi cabeza quedó suspendida en el aire, mirando al techo con los ojos cerrados. La única sujeción eran mis brazos, que no tardarían mucho en flojear por el placer que él me otorgaba.

Desnuda en parte, me despojó de la falda de un tirón; cayéndose al suelo. Acariciándome desde la cadera hasta el muslo, pasando por la rodilla y subiendo hasta la pelvis, no dejaba de mirarme con aquellos ojos azules. Notaba una llama de fuego entre ellos, los cuales, me dieron una descarga eléctrica por todo el cuerpo. Me arrancó el único ropaje interior que poseía en ese momento y quedé desnuda ante sus ojos. Otra descarga me invadió. Me hizo tumbar en aquella mesa de una sala que nadie pisaba. Solo se usaba para reuniones, pero desde que Asier estaba al mando, todo lo hacía por correspondencia; así que es como si estuviese abandonado.

Noté la diferente temperatura de mi cuerpo al objeto que usábamos como soporte. Se puso encima de mí, casi cortándome la respiración; pues podría decir que era un peso muerto, e inhaló profundamente en mi oreja. Y sin avisar, se adentró en mí de un movimiento. Su cuerpo se tensó y se movió a un ritmo normal. Solo se escuchaba nuestros gemidos. Mientras yo intensificaba la respiración, él aceleraba el movimiento.

- ¡Quiero que sientas lo que te hago!- pronunció con una voz sombría- ¡Que solo sepas que puedo hacer contigo lo que me de la gana sin tú rechistar!

Mi respuesta solo fue un gemido detrás de otro. Su dominante personalidad, era la causante de mis sueños. Deseaba que hiciera conmigo lo que quisiese y yo me dejaría hacer. Me encantaba ser dominada por él.

- ¡Nadie te hará sentir lo que yo te haré sentir hoy!- susurró-. ¡Nadie! ¡Serás mi puta hasta que yo lo considere necesario! ¡Ahora, quiero follarte hasta que pierdas el sentido y no te acuerdes de tu nombre!

Al terminar, se quitó de encima; pudiendo respirar mejor y me dio la vuelta bruscamente. Me extendió los brazos hasta el final de la mesa y me amarró con una mano. La otra me obligó a abrir más las piernas.

- ¡Quédate así hasta que yo te lo ordene! – con esa voz firme y decidida, solo pude quedarme quieta y que mis pezones se endurecieran. A los pocos segundos volvió y me ató con una cuerda las muñecas, se quitó el cinturón y me lo restregó por mi intimidad.

Solté un grito ahogado por el cambio de temperatura. El frescor me fue placentero y yo solo quería que no parara. Me puso aquella corea alrededor de mis pechos y lo ajustó a la medida que él creyese conveniente. Se agarró con fuerza de la hebilla y me penetró con dureza. Chillé entre el dolor y el placer que sentía. Nunca me había hecho algo así por atrás. Era una experiencia y sensación nueva.

Aun con la correa y las muñecas atadas, me llevo hasta la pata de la mesa y me ató con aquella extremidad del objeto con el cinturón.

Se dio impulso agarrando donde estaba atada y se adentró en mi como alguien fuera de si. Me apretó los pezones y no paraba de apretar más el cinturón. Casi no sentía las manos, pero el placer era más inmenso que todo el dolor. Me sentía algo humillada y dominada, justo lo que yo quería y había ansiado desde hace mucho tiempo.

Con su mandíbula tensa, me percaté que estaba apunto de llegar al clímax, y en esos momentos, a mí me tenía sin cuidado que me escucharan en la corte o donde fuese. Chillé de una manera descomunal.

Y era cierto, que esa vez fui follada de una manera totalmente diferente a lo que me habían hecho. No sé si fue porque era él, la forma, las maneras, el lugar… pero por un momento me olvidé de mi nombre, de los hombres con los que habían estado conmigo y de todo… menos de sus ojos lujuriosos muriéndose de placer.

¡Nos leemos!
¡Gracias por venir!

jueves, 22 de diciembre de 2011

Caricias, atracciones y sinsentidos...

Despertar


Me desperté sintiendo algo. Me removí entre las sábanas. Abrí los ojos despacio, con miedo de qué me podría encontrar cuando los abriera. Estaba mirando a la pared, me di la vuelta y vi que Jose estaba a mi lado, con la boca ocupada en mi pezón. Ahí me di cuenta que fue eso lo que sentí y me despertó.
- Buenos días, cariño- dijo con una sonrisa sin sacar la parte de mi cuerpo de su boca.
- Buenos días. Que buen despertar- contesté estirándome, haciendo evidente que dejara de chuparme. Me coloqué enfrente de él, haciendo que él me cogiera el otro pezón y se lo metiera directamente en la boca.
- Así despertarás toda la vida, amor.
No me dio tiempo a decir más, pues él empezó a mover su lengua acompasadamente; haciendo que soltara un pequeño gemido. Hizo tumbarme boca arriba con los brazos en la nuca y empezó a recorrer mi cuerpo con la mano sobrante; ya que la otra estaba ocupada en apretarme fuertemente el pecho. Jose sabía perfectamente como excitarme, y por más que yo intentara escabullirme; nunca lo conseguía. Mi cuerpo siempre responde a sus caricias, con que transmitía descargas eléctricas con cada roce. Empezó acariciándome suavemente desde el final de la axila, pasando por el nacimiento de mi pecho izquierdo y continuando bajando por mi costado; consiguiendo que me estremeciera. Bajó la mano hasta mi nalga y posó su mano. Comenzó deslizando la palma de la mano desde la nalga hasta el muslo, hacia arriba y hacia abajo. Él estaba desnudo frente a mí, sentado a horcajadas al final de mi vientre y notando su grande y voluminosa erección. Ese contacto me excitaba aún más. Se bajó poco a poco hasta que se colocó entre mis piernas. Mis muslos se separaron y mis labios perdieron contacto entre ellos. Yo solté un suspiro. Jose rió y dejó de acariciar mi nalga para adentrarse en mi muslo interior, haciendo que casi rozara su mano con mi vagina. Volví a suspirar. Quise hacerle saber que le necesitaba dentro de mí. Él prefería jugar un poco más.
- Dime lo mojada que estás, cariño- me dijo lujurioso y con mirada de deseo. Eso me excitó más.
- Jo... se… ¡Quiero sentirte dentro de mi… ya!- contesté entrecortadamente por los gemidos que me provocaba pellizcándome el pezón.
- Huelo tu excitación desde aquí.
- Yo te huelo desde más lejos.
Con mi pezón dolorido de tantos pellizcos, Jose me lo liberó y bajó hacia mi entrepierna húmeda y palpitante. Acarició mi vagina con un dedo, con lo que yo le respondí con una subida de cadera; rogándole que entrara en mi como sea. Después de hacerme de rogar, me metió un dedo rápido y lo sacó nuevamente, enloqueciéndome. Esta vez metió dos dedos y empezó a mover la lengua en círculos sobre mi clítoris, consiguiendo que gimiera sin parar.
- ¡Oh!... ¡Dios!... ¡Jose!- grité por el placer que me otorgaba. Esto era un buenísimo despertar sin duda.
- ¿Estás a punto, amor?- dijo con esa voz aterciopelada que me recorría todo el cuerpo.
- ¡Oh, madre mía! Sí, estoy a punto- contesté como pude.
- Córrete, cariño. Hazlo para mí- volvió a decirme con la misma voz dulce. Otra descarga por mi cuerpo; se terminó en mi entrepierna.
Sabiendo Jose cómo estaba ya, movió la lengua más rápido. Me temblaban las piernas del placer que estaba a punto de experimentar y me dejé llevar. Pero cuando iba a alcanzar el clímax, él paró. ¡Maldición! dije para mis adentros. Vi cómo Jose se colocaba entre mis piernas, colocando su enorme erección en la entrada de mi intimidad. Yo no dejaba de retorcerme, pidiéndole que acabara con ese sufrimiento, o mejor dicho, ese placer. Estaba en la desesperación, y para no hacerle daño a él por mis ansias, estaba agarrando fuertemente al edredón, lo que provocó un hundimiento por la presión que acumulaba.
Jose no paraba de jugar conmigo, y se las haría pagar en cuanto tuviese mi turno. Él empezó a introducirse en mí, lentamente; sabiendo que eso me excitaba más, me gustaba y me hacía enloquecer hasta llevarme a la locura. En este estado no sabía pensar con cordura. Me penetró hasta lo más profundo y volvió a salir despacio, apretando más las manos al edredón, casi podría decir que atravesando el colchón. Habría que comprar un colchón nuevo, ya que faltarían varios muelles y no se podría dormir. Menos mal que no tenía tanta fuerza. No ganaríamos para colchones y edredones.
Jose empezó a embestirme más deprisa, gimiendo y suspirando; agradeciéndoselo interiormente, ya que si seguía así me mataría de placer, o le mataría yo. Él se inclinó hacia mí para besarme. Con cada beso un gemido ahogado en su boca, lo que hacía que él se excitara más y gimiera en mi boca. Eso me excitaba aún más. Con esa misma posición, volvió a penetrarme lentamente, pero acarició con su pulgar mi clítoris. Yo gemía y suplicaba más y más.
- Córrete conmigo, cariño- dijo susurrando en mi boca.
- Lo haré- contesté, dejando que me invadiera el placer que recorría todo mi cuerpo. Yo ya estaba llegando al clímax, haciendo que mis paredes se estrecharan alrededor de la erección. Me dejé ir y una ola de placer recorrió todo mi ser, provocando que arqueara la espalda y gritara el nombre de Jose. A los pocos momentos, él también se corrió dentro de mí, gritando mi nombre al mismo tiempo.
Quedamos sudorosos, uno encima del otro respirando entrecortadamente. Estaría así por toda mi eternidad, pero teníamos que irnos; ya que habíamos quedado. Cuando tuvimos las respiraciones calmadas; él salió de mí sintiendo un vacío en mi interior. Mientras que él se iba a duchar, yo me preparaba la ropa para salir. Y cuando Jose terminó de ducharse, comencé yo. Decidimos ducharnos por separado porque si no, llegaríamos tarde. Cuando salí de la ducha, Jose ya estaba vestido y preparado. Estaba muy sexy con esas prendas. Tenía unos vaqueros ajustados, marcándole el culo. Mirándolos sabía que eran mis favoritos; y se puso una camiseta blanca, tapándola con una camisa de cuadros azul celeste de manga corta. Con su pelo alborotado y su barba de cuatro días, le hacía un aspecto muy sexy. Al verlo de arriba abajo no pude resistir en morderme el labio inferior y mirarle con deseo. Crucé la habitación y me vestí, delante de la mirada acechadora y deseosa de Jose; mostrando descaradamente una erección brutal donde se le podía reventar el pantalón. Para picarle, comencé a vestirme lentamente; provocándole, añadiéndole el toque de morderme el labio inferior. Escuché un gruñido. Yo me reí. Después de ponerme la ropa interior, un bonito conjunto de encaje negro, un sujetador y un tanga con un lazo blanco en el nacimiento de mi trasero; cogí el vestido, color azul oscuro. Estrecho sobre mí, haciendo delinear cada curva de mi cuerpo. Me puse unos zapatos de tacón fino y bajo, pero terminando en punta, a juego con el vestido. Me dejé el pelo suelto y no me maquillé. No me gustaba mucho los vestidos, pero siempre para este tipo de ocasiones, me ponía los vestidos para Jose; sabiendo que le volvían loco. Cuando cogí el bolso, marchamos hacia la puerta.
¡Nos leemos!
¡Gracias por venir!

lunes, 5 de diciembre de 2011

Rectificar...

Era una sensación extraña. Por unos días, creía que todo se derrumbaba. Que el pilar más grande de mi vida se hundía, se desmoronaba e incluso desaparecía. La razón por la cual existo, es gracias a ella. Tiene todo lo que necesito, y lo que no tengo.

Pensaba que no encontraría a nadie que me quisiera, pero ella traspasa la barrera de lo común. Acepta lo que soy y consigue que sea yo mismo. Si me falla, yo me pierdo.

Le notaba fría, distante y seca. Me preocupé por su estado, pero no era nada. Ahora y siempre, quiero disfrutar de su presencia.

****

Tenía la necesidad de amar sobre todas las cosas. El error que cometí hace días no me sentaba realmente bien. Sentía el impulso de arreglar lo que podría estar ya roto. Antes de dar todo por perdido, decidí terminar con todo y empezar de nuevo.

Le cerré en una habitación. En la suya, en nuestro mundo. Candé y apagué la luz. Estuve bailando a merced de la noche mientras escuchaba su voz. La notaba más sexy que de costumbre.
He decidido amar, y le he elegido a él.

Comencé a quitarme la ropa poco a poco. En el ambiente se notaba la subida de la temperatura. Hacía más calor y yo estaba más feliz.
Me acerqué hasta la cama y le quité la ropa. Estuve acariciándole por encima hasta ponerle a tono. Nos recorrimos con las manos y jadeamos. Nuestros cuerpos quemaban por cada roce. Nos besábamos, disfrutábamos de nosotros; nuestra piel.

Nos entregamos con el alma y mi corazón quedó perdonado. Sin remordimientos, sin culpabilidad. Y solo quería rectificar.

En ese momento, justo cuando íbamos a culminar juntando los sudores, los jadeos, las respiraciones, la fricción del pecho y los pensamientos; creí que era momento de rectificar, perdonarme y seguir en el camino correcto.

No basta con hacer el amor, sino que es importante que esa persona signifique algo para ti. A mí me importa él, pues su sonrisa es el gesto suficiente para que yo lo sea durante un pequeño periodo de tiempo como la eternidad. Y cuando veo sus ojos brillantes, sé que es la luz que se interpone entre la oscuridad y mi camino.

¡Nos leemos!
¡Gracias por venir!

martes, 29 de noviembre de 2011

Consecuencias...

Me sentía satisfactoriamente emocionado. Sabía que tenía pareja y hacerla mía me daba mucho más placer del necesario. ¿O no? Por las noches deseaba su boca contra la mía; suspirando. Su cuerpo rozándose con el mío; friccionando. Y que las caricias tuvieran kilómetros de distancia con sus ganas de parar esta locura. Si pensase esto fríamente, diría que es de locos. Pero no puedo. Ella tiene fuerza sobre mí. No sabemos si tenemos imanes en las manos o huimos de la realidad. Estando juntos nos sentimos a gusto. O eso creo…

Se situaba a mi lado, tumbada y dormida. Parecía inquieta. Me encantaba observarla descansar, viendo como su pecho se agitaba al vaivén del ritmo de su corazón. ¡Su corazón…! Como deseaba escuchar lo que decía o pensaba. La intentaba amar como bien sabía y me dejaba. Le acaricié la mejilla con miedo de despertarla. Le besé delicadamente en sus dulces y carnosos labios y la mente en blanco por un instante. Mi mano se posó en su pecho. Quieta, respiraba con ella. Bajé mi mano hasta su abdomen. Me perdí en el pendiente que tenía en el ombligo. Suspiré. Me volvía completamente loco, y más juguetear con su pendiente mientras despegaba su lunar a mordiscos. Esta vez besé aquella mancha rebelde y deslicé un poco más mi mano. Se posó en su entrepierna. Le acaricié con cuidado. Hacia arriba y abajo, masturbándola. Noté sus braguitas empapándose poco a poco. Perdía los papeles excitándola en sueños. Mi miembro ya estaba listo para que su boca lo recibiera con un abrazo húmedo. Al imaginármelo, manché mi ropa interior. Seguí acariciándola despacio, pese a que mi instinto me gritaba que le cogiera y le hiciera mía con violencia, brusquedad y agonía por demostrarle lo que ella me hacía sentir. Apreté su zona más sensible un poco más. Soltó un grito ahogado. Estaba jadeando con los ojos cerrados. Se había despertado y se había abierto para mí, para mi mano y lo que llegara. Acorté los pocos milímetros y acaricié mejor su cavidad. Le aparté su ropa interior completamente mojada y me adentré a juguetear un poco más con mi lengua.

****

Hacía sol. Correteaba por un campo lleno de trigo, sonriendo. Miraba hacia atrás y ahí estaba él. Sonriéndome con aquella maravillosa sensación de que no existía nada más que nosotros. Me dio alcance y nos tiramos en aquel trigal que nos traspasaba las cabezas. Esta vez me sentía mucho mejor por dentro. Ya no era la niña consentida que se lamentaba por disfrutar con otro hombre que no era su pareja, el amor de su vida… Nos besamos, nos buscamos y reímos. No parecíamos los mismos. En un reflejo, creí ver a otra persona y me quedé pensativa. Tenía esa sensación de que no estamos seguros de que es un sueño o una realidad y no sabemos qué hacer. De pronto, él me acaricia con urgencia. Me acaricia el abdomen y va hasta mi entrepierna.
Un suspiro y una ola de calor. Vuelve hacer presión entre su dedo y mi intimidad. Otra descarga eléctrica. Me noté húmeda. Le miro y por un momento creo que es aquel chico que entregué ese cuerpo. Aquel cuerpo al que debería pertenecerle junto al que tiene mi corazón. Pero ya no estoy tan segura de eso.
Inconscientemente estaba abierta para él. De vez en cuando notaba que me despertaba y veía que era aquel ser, pero me dormí de nuevo; soñando que era él. Y ahí, me dejé llevar. Me apartó la ropa interior ya empapada y se adentró con su boca. No paraba de moverme, de gemir, jadear, suspirar, suplicar, sudar, agarrar las sábanas… o los trigos.

****

No podía más. Le arranqué aquellas braguitas de encaje blanco y me bajé los pantalones. Era una sensación muy extraña y muy provocativa. Me puse encima de ella y sin parar de acariciarle su botón, me adentré en ella de forma decidida y delicada. Luego intensificaba el ritmo, y no podía frenar. Le levanté las caderas y le di una, y otra y otra vez. Verla tan dormida, tan jadeante, sudando, desnuda ante mi e inofensiva me excitaba aún más. Sentía que me venía y me daba igual dentro de ella. Sería más romántico, una sensación única e indescriptible. Y así fue. Sentí un amor más allá de la barrera, y mi miembro explotó de placer y de éxtasis.

¡Nos leemos!
¡Gracias por venir!

sábado, 26 de noviembre de 2011

Culpabilidad...


Escuchaba su respiración en mi oreja. Mientras me acariciaba el pelo con gran ternura, yo le restregaba mis manos por su espalda. Me sentía como una persona sucia, y por un momento me reconcomía el remordimiento; pero nadie me podía frenar. Me besó en los labios disimulando amor entre nosotros. Me abrazaba y yo no tenía fuerzas para juntar los brazos.

Me estaba entregando en cuerpo a este muchacho en lo que pensaba en el chico que entregué en su momento mi corazón. Me encontraba confusa y como una niña pequeña que no estaba segura de lo que quería en la vida.

Empezó a tocarme el muslo y yo suspiré. Me estaba cerciorando si era una atracción sexual o, por el contrario, una duda de chica caprichosa. Lo deseaba, sí. No eran esas caricias a las que estaba acostumbrada. Ni los jadeos con la misma intensidad. Estaba claro que me hacía disfrutar, pero pedía con todas mis ganas que lo consiguiese la persona que amaba.

Ahora comenzaba a bajar por mis piernas aquellas manos robustas y con gran agilidad. Recorría mis labios con su lengua, consiguiendo estremecerme de total repugnancia.
Lo miré a los ojos por un momento y me sonrió. Ese gesto era suficiente para disfrazar mi mentira en un enamoramiento fatídico. Le agarré del pelo y le devoré la boca. Seguía tocando mi entrepierna y jadeaba en su boca. Esa mirada seguía en mi mente, intentando que no desapareciera para seguir con mi papel, para seguir con fuerzas y quedar bien delante de él. Nos quedamos sentados, yo encima de sus piernas. Aquel joven me agarraba de la cintura y hacia fuerza para penetrarme aún más. Apoyé mis manos en el colchón, doblando la espalda y mirando hacia la pared de enfrente con la vista al revés. Empujaba en su dirección y movía mis caderas para hacer una fricción más precisa y estimulante.

El calor se intensificaba y el fuego ascendía de manera incontrolable. Cada vez disfrutábamos más y el ritmo de nuestros corazones hacía compás con nuestras respiraciones. Llegando al éxtasis confesé en mis pensamientos el amor que sentía por mi pareja. Y no era el que estaba entre mis piernas.

¡Nos leemos!
¡Gracias por venir!

miércoles, 23 de marzo de 2011

Despedida especial...

Por la calle hay mucho barullo de gente. Paseo tranquila y hundida en mis pensamientos. Mis sentimientos se han clavado como espinas. Aquellas espinas cuando tocas el tallo de una rosa. Siempre tiendes a sangrar. Ahora es algo exagerado. Me encamino a mi destrucción. Es lo que siempre he ansiado, pero sé de sobra que será la última vez que estaré en ese lugar, en ese momento; y solo desearé que se pare el tiempo. Que las manecillas del reloj se detengan. Lo mismo que anhelaré, será lo que termine con mi vida, acabando con lo poco que me hace vivir.

Giro apenada la esquina y me dirijo hacia la derecha. A pocos metros está su portal, negro como está el corazón. El mismo que le tendí una mañana de verano. Hoy es el típico día que te sientes como el tiempo. Fúnebre, con el cielo encapotado y a punto de llover. Así me siento yo. A punto de llover por mis ojos, taciturna y con mi corazón tan encogido que se pondría en duda de si lo fuese.

Unos pasos más y estaré en mi entierro. No quiero y lo deseo. Si doy media vuelta me arrepentiré, y si hago caso a mi corazón; éste terminará en pedazos como un jarrón que aterrizó en el suelo. La razón me pide renuncia. Mi sentido me suplica que lo haga pese a saber el final. El mismo fin para mí.

Con mi lucha interna, llego a mi destino. El mismo que acabará con mi existencia. Moriré en vida en cuanto vuelva a salir de este edificio. Como si me dispusiera a entrar en el corredor de la muerte, en la silla eléctrica… empujo la puerta de metal con decisión. La cabeza bien alta y reteniendo mis últimas bocanadas de aire. El esófago me abrasa como si recientemente hubiese ingerido tequila de golpe. Como suelen decir: a palo seco.

Es un primero y subo los escalones con gran vaguería. Me costaría menos si supiera que todo acababa bien, pero no era así. Sería la última vez que lo viese. Ambos lo sabíamos pero ninguno decía nada. Toqué con sigilo la madera quebrada. Los años pasan factura. Lo hice con tacto. Adrede para que no me escuchara y esto se prolongara unos minutos más.Dudaba si volver a llamar o marcharme huyendo escaleras abajo. Pensar que el mismo diablo me esperaba detrás y tener un gran motivo para salir despavorida de aquel lugar. Me fijé que las esquinas superiores, estaban llenas de grandes charcos de humedad, dándole un aspecto añejo y desolado.

Salí de mi observación con el chirriar del pomo de la puerta.
- Pensaba que no estarías- intenté sonar inocente.
- Y no estoy- sonrió con malicia. Sabía a lo que se refería. No estaría para nadie que no fuese yo. Y contando el día de hoy, aún más que ausente estaría.
- Ya. Me lo suponía. Si quieres vuelvo en otro momento- Esperaba que no se me notase las ganas de aplazar este momento.
- No, está bien. Pasa mujer, no te quedes ahí plantada.

Dicho esto, se apartó, dejando un hueco demasiado espacioso para mi gusto.
Mientras cruzaba el umbral, ya me estaba desprendiendo de la cazadora y el bolso. Él agarró mis cosas y las colgó en el perchero que se situaba un poco más delante de la entrada. Casi al empezar el pasillo interminable. Lo llamaba así la primera vez que vi aquel apartamento. Parecía que solo era pasillo y las habitaciones no existieran.
- Vamos al lío, que tengo mucho que hacer- animó. Me sonó demasiado mecánico y frío. Me recorrió un gran escalofrío por la espalda, terminando en mi nuca.
- Está bien. Cuando quieras- le espeté.

No hizo falta decir más. Me agarró por la cintura y comenzó a dejar pequeños besos por la redondez entre el hombro y el cuello. Cerré los ojos al contacto, intentando grabarme cada caricia, cada beso, cada momento en mi mente y posteriormente, en mi retina. Querría rememorar este hecho las veces que sean necesarias. Como esa película que te encanta, esa que sabes que llorarás en la misma escena, que te da esa nostalgia y sobrecogimiento, pero que no te cansas de verla una y mil veces. Será tu película. Será como si la hubiesen dirigido especialmente para ti.
Me dio la vuelta y me siguió besando despacio hasta llegar a mi comisura. Ahí se paró y me dedicó una sonrisa torcida; su sonrisa. Aquellos dientes perfectos y blanquecinos que tantas veces me hizo reír. Ahora sería la última vez que los viese.
Se acercó un poco más, soltando adrede su frescor para notar su respiración, su agitación y las ganas que tenía de mí.

No lo soporté ni un minuto más. Le sonreí con la mejor sonrisa que pudiese tener. Que se le grabase tan adentro del cerebro y el corazón para que no me olvidase nunca y le besé como si me fuera la vida en ello. Casi era así. Sería la última vez que probara su boca, disfrutara de sus besos, sus caricias y a él en su totalidad.

Me guió hacia la habitación más cercana. En ella tenía una cama de matrimonio y no me importaba nada más que él. Aunque fuese lo último que viese en esta vida, disfrutaría de ello.
La ropa salió disparada; colgándose en cualquier recoveco del lugar. Me relamió hasta la saciedad. Y cuando quedó exhausto, procedió a poner la brocha final.

Me provocaba escalofríos calientes. Sudorosos y el roce de nuestros cuerpos haciendo solo uno, era más que suficiente. Suficiente en ese momento y para él. Volví a grabar en mi piel cada huella que él impregnaba en mí. Y como la hecatombe final de todo, concentrados, saliendo y adentrándose dentro de mí; cerré los ojos consiguiendo que una lágrima resbalase por mi mejilla. En ese preciso momento, él pronunció unas palabras, consiguiendo que mi deseo de que parase el tiempo se cumpliera.
- Nunca me abandones.

Abrazándome tan fuerte hasta casi romperme, el jadeo de ambos y la fricción de nuestra piel contra el otro, supe que eso era una despedida. Una forma de decir adiós por todo lo alto. Y prometiéndole que todo lo hablado y vivido se efectuaría, di por terminado mi sufrimiento. Explotando juntos en la cima, con el éxtasis… se lo juré con el corazón y con el alma.
- Nunca.
¡Nos leemos!
¡Gracias por venir!

martes, 15 de febrero de 2011

¿Guarro, erótico, creativo, vulgar, pasable, o una mezcla de todo ello?


Ella se desnudaba mientras él parecía rezar una plegaria para que la ropa no volviese a su cuerpo jamás, y entonces sintió una punzada de remordimiento. Remordimiento por aquel otro que le regalaba rosas, cenas románticas, “tequieros”, mimos, y demás accesorios de aquello que llaman amor.
¿Será verdad que nos gustan los cabrones o simplemente necesitaba alimentar su ego sensual?
Pero la mirada guarra del tipo aquel que comenzaba a tocarse delante de ella la desvió del recuerdo de su vida de chica formal con novio formal, y la sumergió de nuevo en el calor irreal de una habitación sin calefacción en pleno diciembre.
Su novio le habría dicho que la amaba y le hubiese hecho el amor con eso mismo, con mucho amor, tanto que a veces ella creía que sólo le había dado su ración de caricias como a una perrita necesitada de cariño.
Ver crecer lo que sus amigas cultas y angelicales llamaban miembro la puso tan caliente que sólo podría haberle llamado polla si la dejasen pensar en voz alta, aunque no hubiese podido con la boca ocupada como la tenía, el chupachup nocturno había llegado con la extravagancia añadida de que le pidiese que pronunciase su nombre sin sacarse su miembro-polla de la boca.
No sabía cómo hacía para saber lo que la volvía loca, pero acertaba, hubiese pagado a su novio para que le chupase los pezones como lo hacía aquel hombre, esa forma de cogerle los pechos con fuerza pero sin apretar, y morderle los pezones con un lametazo sólo podía indicar que al final le iba a cobrar. Sí, aquel tipo debía ser un playboy de cantina al que tendría que extenderle un cheque, de todos modos no le importaría, sabía que merecía la pena.
Condones de sabores y en la mente de él la clase de sexualidad donde se le ponía duro el platanito viendo como la chica que le gustaba se peleaba con un plátano de verdad para conseguir encajarle el condón. Esta sin embargo se lo colocaba con práctica y agilidad, deseosa de más, y recibiría más porque para eso había pagado él casi cien euros por aquella habitación a la que la gente no dejaba de prostituir.
Las tetas de ella botando cerca de la cara de él, sus piernas abriéndose más pidiéndole que ni un milímetro se quedase fuera de lo que su novio llamaba cariñosamente chochito, la habría contratado como jinete habitual de su único pura sangre, él mismo.
Cabalgando y cabalgando llegaron a otro lugar, los dos de rodillas en medio de aquella cama de matrimonio, irónicamente más de matrimonios rotos y parejas que no llegarían a serlo, pero sin pensar en rezar, acercándose más y más hasta que el miembro-polla duro entró en el chochito empapado (sí, más que en abril aguas mil), hasta que las uñas rojas de ella arañaron sin querer la espalda de él que sudoroso no paraba de empujar aferrado a aquellas nalgas como si ella se le pudiese escapar de un momento a otro. No era una postura complicada, lo complicado era que estaban demasiado encendidos como para pensar en otra cosa que no fuese apagar aquel fuego.
Sudoroso él, cansada ella, pero ninguna de aquellas fichas había llegado todavía al final del tablero.
Besos, caricias, pero no de ritual sino de fieras restregándose, lametazos, cachetes en el trasero ajeno, con ansia y prisa, sin pausa.
Él cogió el bote de nata con el que pensaba hacer cosas de siempre, pero esta vez brilló en su mente una idea diferente, y más lo fue cuando llenó de nata todo su chochito pero no para comérsela sino para entrar en ella de forma que el plátano se llenase de nata, ¿banana Split se llamaba aquello? Fuese lo que fuese aquel menú terminó con la nata convertida en leche en aquel recipiente peculiar.

Y hasta aquí nuestra receta de postres de hoy, ¿os habéis quedado con hambre?

Kate
¡Nos leemos!
¡Gracias por venir!

lunes, 14 de febrero de 2011

Tras la barra...

Las luces eran tenues y el murmullo de la gente ensordecedor. Tras la cortina color granate, observaba como bebían y reían. Otros estaban expectantes mirando a mi dirección sin saber de mi presencia.
Pasaron unos tres minutos, cuando salí decidida hacia la barra plateada que estaba al final del escenario. Giraba, enroscaba la pierna y caía con mi espalda pegada al frío hierro.
Notaba todas las miradas clavadas en mí, en mis pechos, en mi trasero; mientras mis ojos estaban cerrados sintiendo la música.
Miraba hacia el frente. Ha venido mucha más gente que otros días.

Sentir como los hombres se quedaban con la boca abierta, literalmente, al observar el moverme de aquella manera; mojaba mi tanga.

Antes de empezar el show, algunos hombres adinerados, elegían a una chica para pasar la “noche” en una de las habitaciones del club. Me dijeron que había dos a mi merced. Eso me gustó mucho.

Diez minutos duró el espectáculo y me fui a cambiarme. Me duché tranquilamente y después me dirigí a un reservado, donde ya me esperaba el primer cliente. La habitación se encontraba totalmente oscura, exceptuando una pequeña ráfaga de luz que iluminaba al señor. Descansaba sentado encima de la cama, jugueteando con sus dedos; entrelazándolos. Miraba a un espejo que tenía enfrente. Las sábanas eran de color rojo, de seda. Tendría él unos treinta años. Cumplidos perfectamente. Eran de aquellos maduritos que se hacía la boca agua nada más verlos de lo bien que estaban. Me ubicaba a un extremo de la cama. En su parte derecha. Él no me veía. A mi derecha estaba un viejo tocadiscos. Lo puse en marcha y de repente se escuchó una melodía acompasada y sensual. El chico miraba de un lado a otro, pero por su expresión, no lograba ver nada. Andaba con pasos firmes, seguros, decididos… y sensuales. Algo muy provocativo. El tan mero hecho de verlo e intentar provocarle, me excitaba sola.

Por fin hice aparición entre tanta oscuridad. En cuanto él me vio, abrió la boca y los ojos apresuradamente. Al llegar a donde estaba el hombre, me subí en sus piernas, mirándole. Le comencé a besar en los labios, sensual, pasional y rítmicamente. Mientras hacía esto, posó sus manos en mi trasero mediante friccionábamos nuestros sexos. Llevaba una minifalda diminuta, casi por la mitad del culo, con el tanga rojo de antes. Un top blanco de tirantes que me tapaba los pechos y por poco.

Le comencé a acariciar el abdomen y él la espalda. Hacia arriba y hacia abajo. Le iba mordiendo, como pellizcos, por el cuello. Le desabotoné la camisa con un tirón. Con eso nos excitamos ambos, pues nos volvimos a besar ferozmente. Giró sobre sí mismo y me dejo tumbada en la cama con las piernas medio abiertas. Me subió la minifalda y me arrancó, literalmente, el tanga rojo. Me gustaban y me lamente por ello, pero solo un segundo, porque eso hizo que mis jugos saliesen con más intensidad. Le brillaron los ojos al ver mi entrepierna. Me abrió un poco más, para tener mejores vistas, y comenzó a acariciarme de arriba abajo. Suavemente. Aquel momento me volvía loca. No paraba de gemir y de pedir más. Me metió un dedo, luego otro y después otro. Estimulaba mi clítoris, acariciándolo en forma circular. Eso me desesperaba y me hacía arder de placer. Cuando estaba a punto de estallar y ver las estrellas, muy a mi pesar, le paré. Era mi turno. Me levante, le agarré de lo que quedaba de su camisa y le tiré a la cama, haciendo que botara. Le quité el cinturón con urgencia. Le baje los pantalones con prisas. Se lo desprendí de su cuerpo casi a tirones. El deseo, el fuego que me quemaba por dentro, nunca lo había sentido con nadie; excepto con él. Los calzoncillos se los arrastré hacia abajo como pude. Ya mi respiración estaba errática, con sobresaltos. Necesitaba de aquella erección. Me agaché y comencé a succionar el glande. Moví la lengua hacia varios lados, despacio. Después aceleré el ritmo. Él no paraba de gemir, de pedirme más, de decirme cosas despreciables. Podría decirle que parara, pero me excitaba aún más; como si también me estuviera masturbando con sus manos. Me masajeaba los pechos. Recorría mi lengua por su longitud. No debería tener menos de veinte centímetros. Seguía succionando, relamiendo y chupando aquel pene que me volvía loca y que necesitaba con brevedad en mi interior.
Me cogió en volandas y me volvió a tumbar en la cama, casi en la misma posición que me puse antes. Se colocó el condón y me penetró con dureza y profundidad. Los dos soltamos un grito de placer. Las embestidas eran cada vez más feroces a medida que continuaba el acto. No cabía en sí mi gozo. Supongo que él estaría a punto de terminar y por eso me dio la vuelta de nuevo.

No habíamos dirigido ninguna palabra el uno con el otro desde que pisé la sala.

- Vente conmigo. Disfrutemos juntos- pronunció.

No sé por qué, pero su voz era demasiado sexy para no correrse en ese momento. Exploté en un maravilloso paraíso y él no tardó en hacer lo mismo.

Nos quedamos abrazados, acompasando nuestras respiraciones con el otro; hasta que quedaran calmadas. Yo tenía otro cliente, y no me apetecía ir. Me levanté para comenzar a vestirme con desgana, pero el chico me agarró de la mano.

- ¡Quédate!- susurró.

- No puedo.

- ¡Quédate!- suplicó esta vez.

En la habitación se encontraba un teléfono por si ocurría alguna emergencia. Llamé desde ahí a mi supervisora y le dije que, a petición del cliente, deseaba mis servicios durante toda la noche. Esto último me lo susurró en bajito, y lo añadí.

Practicamos el sexo de diferentes formas, maneras y desde otro punto de vista. Estuvimos unidos hasta el amanecer y decidimos no terminar nunca con aquella maravillosa sensación llamada placer.
¡Nos leemos!
¡Gracias por venir!

lunes, 7 de febrero de 2011

Aseos placenteros...


Me encontraba empotrada contra la pared, sintiendo los lametones en el cuello de aquel desconocido. Sí. No sé por qué, pero me excita hacerlo con extraños y en lugares públicos.

El frío mármol equilibraba mi caluroso cuerpo. Notaba en mi espalda aquella temperatura placentera. Me calmaba un poco.

Cualquiera que nos viese, diría que hubiésemos sufrido abstinencia durante los tres meses anteriores al mes en el que estamos; como si estuviésemos castigados.

Soy una mujer ninfómana, y no puedo vivir sin mi ración de sexo cada día.

Esta mañana salía de mi apartamento en busca de un nuevo lugar y nuevas sensaciones con alguien que no había visto en mi vida. Estuvimos charlando durante dos horas. El tiempo suficiente para que me entraran los calores con su foto. El pelo moreno, ojos azules claros y un cuerpo de infarto. Me preocupaba también por mi físico, para que los hombres se voltearan a verme con la babilla colgando; literalmente.

Me excitaba de sobremanera, provocar a los demás con una simple mirada, sonrisa o movimiento de caderas.

Llegué a mi destino. Una cafetería poco céntrica. Más bien casi a las afueras. Yo al tío no le envié ninguna foto. Le dije que era más excitante y así se llevaría una sorpresa. Sí le envié una foto de mi trasero, enseñando mi precioso tanga de encaje negro.

Pensando que nada más entrar en el bar, lo vi en la barra esperando en una mesa apartada de todos y con una erección preocupante; mi tanga volvió a mojarse demasiado. Podría decir que ha llovido mucho y me he calado hasta los huesos. Estuvimos tocándonos mutuamente con disimulo en la mesa. Con el gran calentón, nos fuimos al baño; que estaba detrás de nosotros.

El bombón que me tenía sujetada por las muñecas contra el mármol, estaba ahora en mis erectos pezones. Aquella imagen me excitó aún más. La cara de deseo no nos la quitaba a nadie.

Me arrastró hacia la taza del váter y me sentó, abriéndome las piernas de una manera que supe que estaba ansioso por hacer algo más.

Se desabrochó los pantalones como pudo y se los bajó hasta los tobillos. Hay que reconocer que el niño está bien dotado. ¡Madre mía!
Se puso el protector y comenzó dirigiéndose a mi entrada. Estaba duro y se sentía genial. Este hombre sí que lo hacía bien. La verdad es que no lo hago con cualquiera, sino con el que sepa excitarme. Si lo consigue, se lleva el premio.

¡Qué bien se movía este tío! Me daba un gran placer inmenso. Estuvimos durante quince minutos en la misma postura. Ya me dolía la espalda con la parte de la cisterna, pero no importaba. Era de estos baños que tiras de la cadena hacia arriba. Al terminar, me resentía el cerrar las piernas. Había sido increíble, No tenía un orgasmo tan placentero desde hace meses. Voy a tener que pensar de verdad que he sufrido abstinencia.

Mientras me vestía, pues llevaba una minifalda y una camiseta de tirantes, hubo algo que hizo bloquearme durante unos segundos.

- ¿Nos volveremos a ver?

Me quedé en silencio durante unos minutos; observando su cara de impaciencia y suplica por querer repetir. Yo sonreí.

- Ya veremos. Si coincidimos de nuevo…

Su cara fue una mezcla de alivio y tristeza. Si fuese listo, se acordaría de mi Nick en aquella página donde nos conocimos. Quién sabe si el destino quiere que vuelva a disfrutar de aquel cuerpo varonil, y que yo misma deseara repetir en aquel momento.
Recorrí por unas milésimas de segundo aquellos pectorales. Me mordí el labio instintivamente y sin darme cuenta, mi tanga estaba de nuevo empapado. ¡Por uno más…! Pensé. Nunca repetía más de una vez con el extraño. Ni volvía a quedar, pero con este macizo podría hacer una excepción. Volví a sonreír y fui a morderle la boca.
¡Nos leemos!
¡Gracias por venir!